ada más pleno y fuerte que este oro sencillo
recubierto de láminas de antiguas primaveras
por las que el tallo cede y el pétalo naufraga.
El oro oscurecido, sus hojuelas dispersas,
sus fíbulas errantes, y el suntuoso y áureo
reflejo del otoño prendido en los celajes.
Un varillaje de oro mece y refresca el mundo,
abanica las aguas que corren con sigilo.
El oro derretido, tan puro y tan caliente,
ebrio en la pleitesía de la estación dorada,
frente a tanta belleza, nos acerca al principio,
al amor inicial escondido en espera,
a la alquimia del beso, a la definitiva
cita restauradora, final de travesía,
inicio de otro gozo, plenitud infinita,
retornada a los dedos orfebres que ya esperan
transformar la materia de amor que se avecina.


 
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