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I ba
mi pie sin tierra, ¡qué tormento!,
vacilando en la cera de los pisos,
con un temor continuo, un sobresalto,
que aumentaban los timbres, los avisos,
las alarmas, los hombres y el asfalto.
¡Alto!, ¡Alto!, ¡Alto!, ¡Alto!
¡Orden!, ¡Orden! ¡Qué
altiva
imposición del orden una mano,
un
color, un sonido!
Mi cualidad visiva,
¡ay!, perdía el sentido.
T
opado por mil senos, embestido
por más de mil peligros, tentaciones,
mecánicas jaurías,
me seguían lujurias y claxones,
deseos y tranvías.
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E n
este segundo momento, se presenta dramáticamente Miguel como
inocente víctima de los mil peligros físicos y morales
de la gran ciudad. Su cuerpo recibe sensaciones violentas que le golpean.
Inestabilidad, temor, sobresalto, pérdida de sentido... En carta
a Josefina unos días antes de escribir el poema (10 de diciembre),
aseguraba: "Si yo me ahogo en este ambiente lleno de vicios y mujeres,
pintadas como payasos, donde echo de menos tus ojos llenos de pureza
y verdad... No temas que se enfríe mi querer en este diciembre
de nieve y lujuría madrileños..." Baraja ambiguamente,
interesadamente, el peligro mecánico de automóviles y
tranvías con tentaciones eróticas: senos, lujurias, deseos...
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